Cuenta la leyenda que, durante
todo el siglo XVIII, un solo barco zarpó lleno de marineros, con el objetivo de
dominar toda la costa atlántica. Creyendo que había juntado a varios de los más
audaces navegantes de la zona pronto se dio cuenta de que la mayoría de ellos
era de “mojarse los pies en la playa” y, en el mejor de los casos, “hacer el
muerto” en algún remanso del río más tranquilo de la región.
Unos aseguran que estaban mitad
del ciclón más grande que recuerdan y otros que era una brisa marina en un día
que refrescaba, el caso es que aún no habían soltado el ancla y ya había varios
enfermos, un par de mareados y un síntoma común de náuseas. Querían conquistar
el mar pero se vieron contra un enfurecido océano que les amenazaba y
destrozaba cada vez que ponían un pié en el barco. Y así estuvieron dos años
intentándolo, con su uniforme granate y azul cielo. Mención a parte eran las
historias que contaban en la taberna del puerto, donde nunca fallaban y en las
que sí que se hicieron famosos.
Pasaron esos años infructuosos
como simples héroes en un mundo de monstruos marinos, titanes y violentos
corsarios pescadores vestidos de negro. En el fragor de algunas de esas batallas alguno
asegura que llegó a ver al mismísimo Satán.
Dándose cuenta de que el
Atlántico es un océano demasiado poderosos se decidieron por el Mediterráneo y
sus durísimas condiciones: 20º de temperatura media y olas de más de 15 centímetros. Pero
lo afrontaron con la misma ilusión: querían dominarlo. Y estuvieron a punto. Sin
embargo, pronto se vieron sometidos a un rumbo errante y quedaron a La Deriva.
Porque no sólo hacen falta
marinos y filósofos, sino una estructura que abarque desde la proa hasta la
popa y desde estribor hacia babor. “Desafiar al oleaje sin timón ni timonel” no
es la mejor forma de tomar las aguas llenas de piratas y sus secuaces. Hace
falta un vigía, remeros y un único y gran capitán. Todos miran a Jorge. Hay
algunos que piensan que no debería ser él. Pero esos son unos hijos de puta.

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