Aunque un jugador siga siendo el
motor del equipo y le queden muchos kilómetros por hacer aún, es inevitable
mirar hacia delante, más allá del centro del campo. Incluso algo más lejos,
quizás próximo, ya, del área rival. Más o menos por la zona donde Alberto juega de
defensa. Allá, en la lejanía, a veces observas tu futuro: los próximos goles o
los disparos a la intemperie de Alberto. Y en ese futuro es posible que
aparezcan las siguientes generaciones.
No es algo ajeno a un equipo. Es
normal que los jóvenes pregunten por mitos como George Weah, Franco Baresi o
Zubizarreta. Pero, ¿y los próximos?, ¿qué legado les estamos dejando? Ante mi
próxima paternidad he reflexionado mucho sobre ello y las preguntas se agolpan
en mi cabeza como un encontronazo con Garay. Porque ¿realmente estoy preparado
para responderlas a todas con la responsabilidad de haber visto y vestido las
camiseta del UNIFERAG?
No sé qué ocurrirá cuando mi hijo
me pregunte por cierta operación de ese portero llamado Ezequiel ¿qué puedo
decirle? Cuando me diga: “padre, ¿cuántos partidos realmente estuvo lesionado
Alberto?” O tratando de no morirse de la risa pida una respuesta verídica “venga,
ahora en serio, ¿cuál fue el jugador revelación de la liga en el 2016?” Habrá
momentos más serios y reflexivos: “¿cómo usted, teniendo el potencial goleador
que tenía, decidió dar un paso atrás y, desde el centro del campo, dedicarse a
los demás repartiendo fútbol, felicidad y asistencias por partes iguales?”
Sin embargo hay una pregunta que
me aterra. Y que debería aterrar a todos. Vayáis o no a ser padres. Mis manos
tiemblan al transcribir esta posible cuestión. Ese niño lleno de ilusión y
dudas podrá alzar su mirada, con sus inocentes ojos, y decirte: ¿Quién era Edu?
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