“El primer portero en usar guantes era valdemoreño y no había
practicado fútbol hasta los diecisiete años. Días antes de aquel debut,
defendía la portería del equipo de hockey hielo de la pista de Valdemoro y,
acostumbrado a llevar sus gafas, solicitó un par de lentillas para sentirse más
seguro en la
portería. Aquellos que le habían mirado de manera extraña
fueron los mismos que le admiraron durante muchos años después. Ya nadie
debatía sobre sus lentillas, sino sobre su capacidad para asombrar al mundo.
Disputó cuatro partidos y, terminado la temporada, le otorgaron el galardón de
mejor portero de la liga Élite”.
Los más sabios (y no millenials),
pensarán que es la historia de Lev Yashin, pero lo que no podrán comprender es
que este guardameta fue, realmente, el Jorge de la Unión Soviética
allá por los años 60. El único portero que ha sido balón de oro. En aquellos
tiempos donde no se regalaba ni iba por modas ni se hacía un grito monguer al
lograrlo. En un multiverso es fácil de entender esta paradoja temporal y,
estudiando las facultades de Lev Yashin, puede intuirse esta realidad
dimensional. Sobre todo habiendo vivido el partido de UNIFERAG contra Gyasisi.
Ambos vestían de negro bajo
palos. El color que más engaña a la vista rival. Ocultos entre las sombras se
anticipaban a los movimientos de los delanteros contrarios imposibilitando que
llegaran a portería con el balón. Aunque el Jorge del siglo XXI lo tenía más
complicado, ya que en los años 60, como mucho, Alberto tendría 7 años. Y no
jugaba de “defensa”.
De este modo, al Jorge de la Unión Soviética le
apodaron la araña negra. Tejía una red en la que se atrapaban todos los
balones, mermando la capacidad de movimiento de los contrincantes. Algo así como
un partido normal de Nandi (de nuevo una paradoja temporal que justifica esta
comparación).
Tal llegó a ser la leyenda en
torno a este portero, el mejor portero de la historia, que su simple mirada hacía
que los rivales disparasen fuera, despacio y con temor. Y ese salto cuántico
llegó el domingo al Vicente Temprado. La sola presencia de la araña del
UNIFERAG provocó que ni siquiera el Chino ni matusalén, el árbitro, pudieran
hacer nada. El caño de Garay no fue casualidad (ni fruto de la su calidad,
claro), fue el poder cósmico que desprendía aquel tipo de negro que controlaba
el tiempo y el espacio en esa soleada mañana.
Así que ya sabes Eze, otras
vacaciones te las pillas por los cojones.

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